El vocablo “tejido” tiene la virtud de ser comprensible en la experiencia cotidiana;  por eso, la noción de tejido social nos ha parecido pertinente para entender las raíces estructurales y culturales de la violencia y la conflictividad social. Así, por tejido social entendemos un proceso histórico de configuración de vínculos sociales e institucionales que favorecen la cohesión y la reproducción de la vida social. Como todo proceso histórico, el tejido social se va configurado por la intervención de individuos, colectividades e instituciones. Sin embargo, para asir mejor la realidad de esta noción hemos identificado tres tipos de determinantes o configuradores:

 

1) Determinantes sociales básicos: vínculos, identidad y acuerdos (VIA).

a) Vínculos: relaciones de confianza y cuidado que se tejen entre individuos, colectividades e instituciones.

b) Identidad: construcción de referentes de sentido y pertenencia.

c) Acuerdos: participación en decisiones colectivas.

 

2) Determinantes institucionales: diferentes formas de organización que favorecen el funcionamiento social. Se trata instituciones que ayudan a los individuos a regular y autorregular sus comportamientos sociales.

 

3) Determinantes estructurales: sistemas sociales que definen las configuraciones institucionales y las relaciones sociales, como las estructuras socioeconómicas, políticas, jurídicas, culturales, educativas, etc.

 

En cada unidad social, localidad o territorio, la interacción de estos determinantes define la debilidad o fortaleza del tejido social (Cfr. González-Mendoza, 2016).

 

Entendido de esta manera el tejido social es un concepto operativo con una triple dimensión: descriptiva, explicativa y prospectiva. Es decir, nos permite describir el estado del tejido social en un momento dado (dimensión descriptiva); hacer un diagnóstico y entender sus transformaciones (dimensión explicativa) y ofrecer pistas para trabajar en su reconstrucción o reconfiguración (dimensión prospectiva).