En el año 2017, México fue el segundo país en América Latina que aportó el mayor número de homicidios, con 25 mil 339, el primer lugar lo ocupó Brasil con 57,395 homicidios (Igarapé Institute, 2018). El mes de mayo, del presente año, ha sido el más violento de la historia contemporánea del país, con un total de 2 mil 890, es decir, 93 homicidios diarios. En consecuencia, 7 de cada 10 mexicanos se siente inseguro en el lugar donde vive (INEGI 2018).

 

Ante esta situación de violencia lo primero que necesitamos es asumir que se trata de un fenómeno complejo, multicausal y sistémico. Los homicidios, secuestros y extorsiones son la punta del iceberg de un problema social e institucional que se ha ido incubando por décadas. Estamos delante de un fenómeno que necesita de unos lentes complejos para poderlo comprender, los lentes positivistas permiten describir los datos duros de la violencia, pero no alcanzan a mirar las causas profundas que la detonan.

 

Hay tres explicaciones simplistas que no explican en este momento  el fenómeno de la violencia, pues generan respuestas simples a problemas complejos:

 

1. La violencia es resultado de un conflicto entre cárteles. Hay un número de homicidios que sí son resultados de la disputa entre cárteles por el mercado de la droga, los ductos de gasolina u otros negocios ilícitos, pero vamos encontrando un gran número de homicidios que son  resultando de un modo de resolver los problemas, haciendo uso de la violencia, algo que atraviesa familias, vecinos, estudiantes o trabajadores, y que tiene una relación más directa con la ineficacia de los sistemas de justicia.

 

2. La violencia es resultado de la pobreza. Podemos señalar que en el periodo 1990-2000 los homicidios tenían relación con los municipios pobres del país, pero en el periodo 2005-2007 esta relación empezó a transformarse, y en el 2010, el mayor número de homicidios empezaron a ocurrir en los municipios de menor pobreza por ingresos (PNUD, 2013). La violencia tiene más relación con la desigualdad socio económica, una situación que genera frustración y enojo social que se convierte en vehículo para ejercerla.  

 

3. La violencia es resultado de la falta de empleo. Para mostrar la falsedad de esta frase recurrimos al caso del estado de Guanajuato, de enero a abril del presente año, se ha convertido en el estado más violento del país y paradójicamente es el estado con mayor crecimiento económico, ocupa el cuarto lugar en la generación de empleos y tiene la tasa más baja de desempleo, el 2.8 por ciento (Informe del Gobierno Estatal, Marzo 2018).  

 

Según esas estadísticas, la violencia no se va a resolver encarcelando a los partcipantes de los grupos delictivos, reduciendo la pobreza o generando empleos. Es más, el tema central ante el incremento del número de homicidios no puede ser simplemente la prevención de la violencia, pues la ausencia de violencia no significa propiamente condiciones sanas para la vivencia de la armonía social.

 

En el periodo 2010-2013, el crimen organizado inició una serie de acuerdos locales entre grupos delictivos para pacificar los territorios y desarrollar una nueva estrategia económica a través de la diversificación de los negocios ilícitos. Se apostó a construir una paz mafiosa para desarrollar una economía criminal.

 

Por ello el término que más refleja el fenómeno social que estamos viviendo es la fractura del tejido social que deterioro los sistemas que permitían a las comunidades resolver sus conflictos y por otro lado, la exacerbación del individualismo que abono a la perdida habilidades para convivir.

 

¿Qué ha pasado en México que se ha acelerado la fractura del tejido social? Podemos señalar dos circuitos, por un lado la corrupción, la impunidad y la desigualdad social han llevado a la debilidad institucional, que tiene como consecuencia la pérdida de un árbitro en los conflictos y desconfianza en la impartición de justicia. Y por otro lado, la sobrevaloración de la percepción personal, unido a la desesperanza y la pérdida del sentido de los límites, está llevando a la dificultad de autorregular la propia libertad, que tiene como consecuencia la pérdida del vínculo social fundamental para la buena convivencia.

 

Por tanto, debilidad institucional y dificultad para autorregular la propia libertad son los circuitos que están llevando a la separación de las personas con su origen, su territorio, su historia y su comunidad. Una realidad que es favorecida por la mercantilización de la vida y el aprender a usar la violencia como manera de resolver los conflictos, ante una institucionalidad incapaz de construir condiciones para el buen convivir.