La paz y la reconciliación son un horizonte que orienta nuestras acciones. La paz hace referencia a la vinculación de las personas con su entorno que hacen posible la armonía social; se trata de una experiencia de unidad con su origen, su territorio, su historia y su comunidad. Es un proceso que va de la mano con la reconciliación y de volver a la asamblea de los hermanos y hermanas.

 

La reconciliación implica asumirse como parte de un todo, reconocer que la vida aislada conduce a la tristeza social, que la propia naturaleza de la persona le hace revincularse con su entorno, se trata de un camino de reincorporación a la vida de su contexto, que lo vincula con Dios, la tierra, los ancestros y la comunidad.

 

Ahora bien, el camino para la paz y la reconciliación no puede ser la simple erradicación de la violencia, necesitamos de un camino de construcción de armonía social que vincule a las personas y a las instituciones en una red de relaciones fundamentales para la buena conviviencia,  a eso le llamamos la reconstrucción del tejido social.

 

La reconstrucción del tejido social es el camino para la paz y la reconciliación, y esto implica procesos de sanación comunitaria y construcción de acuerdos sociales. Procesos que necesita desarrollarse de manera simultánea, pues la construcción de acuerdos necesita de comunidades capaces de dialogar y los procesos de sanación comunitaria necesita de instituciones fortalecidas.

 

La sanación de las comunidades se logrará en procesos de encuentro, reconocimiento de las fracturas, expresión del dolor y el acceso a la verdad. Procesos que necesitan de comisiones interinstitucionales no pueden quedar a cargo sólo de gobierno federal o municipal. Ahí será clave la integración de las personas con su entorno en un horizonte de construcción de armonía, y las cosmovisiones indígenas tienen una gran sabiduría que aportar en estos momentos del país.

 

Y los acuerdos sociales necesitan de la instalación de procesos de reparación de los daños, concientes del gran daño que ocasiona al tejido social la práctica de la impunidad, procesos de transparencia y rendición de cuentas, que lleven a la redistribución del ingreso que atienda las necesidades sociales de manera participativa.

 

Estos procesos necesitan de una ética del cuidado, instalada en las instancias de gobierno y en la vida social, así como de una cultura de la conversación que anime la sanación y la construcción de acuerdos.